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#CienciaEcoLogía Recuerdos del Covid-19

De InterésDiciembre 09, 2020
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La mayoría de nosotros sabemos que el COVID-19 tiene síntomas muy diversos que van de leves a muy graves. También que es imposible saber quién tendrá la suerte de transitar una enfermedad leve o asintomática y quien perderá el juego en ella. Desde luego, no es para tener miedo, pero sí para tomar precauciones, ya que tampoco conocemos de las implicaciones a largo plazo que esta enfermedad tendrá en nuestra comunidad, es decir los recuerdos que nos dejará la pandemia.  

Recientemente me tocó participar como jurado en un evento de monólogos científicos y particularmente uno de ellos ha estado rondando mis pensamientos: hablaba acerca de la demencia senil. Todos estamos transitando diariamente hacia la vejez y, si lo vemos bien, tenemos mucho tiempo para prepararnos para esa etapa, pero muchos llegan a ella sin información y sin previsiones. Nuestro bienestar y el de nuestras familias dependerán de los cuidados actuales que le demos a nuestros cuerpo, mente y finanzas.

Todos sabemos que es común que muchos adultos mayores se desorienten y pierdan la noción del tiempo por completo. Cuando ya son muy mayores, a veces, pueden tener recuerdos muy vivos que no logran diferenciar de la realidad. A esto se le conoce como delirio, el término médico formal para su desorientación repentina y severa. 

Los delirios no son exclusivos de la vejez, también se experimentan en enfermedades graves, cuando nos deshidratamos severamente y en otros estados alterados como durante el consumo de drogas recreativas. Los médicos que tratan a personas hospitalizadas con COVID-19 informan que un gran número experimenta delirio y que la afección afecta con mayor frecuencia a los adultos mayores.

Por lo general, alrededor de un tercio de las personas que están gravemente enfermas presentan episodios de delirio, pero en la población con COVID-19 lo padece poco más de la mitad de los enfermos críticos (alrededor del 55%).

Los estudios científicos a largo plazo realizados en la última década, han revelado que un solo episodio de delirio puede aumentar el riesgo de desarrollar demencia años después y acelerar las tasas de deterioro cognitivo en aquellos que ya padecen la afección. También, que ocurre lo contrario: tener demencia aumenta la probabilidad de tener un episodio de delirio.

Existe poca información confiable sobre las causas de esta relación. Como puedes imaginar, para conocer los vínculos entre el delirio y la demencia los investigadores necesitan seguir a los pacientes durante años y de manera cercana. Pero lo que sí podemos saber con certeza, es que ha habido un aumento de personas con delirio producido por la pandemia. 

Este aumento de pacientes con delirios, representa una oportunidad para la ciencia de conocer mejor la relación entre los padecimientos y desenmarañar los mecanismos del delirio que afectan la cognición a largo plazo. Con ello, conocer mejor los retos de los impactos cognitivos del COVID-19, incluida la demencia, que serán inéditos para las políticas públicas sociales y de salud pública.

La experiencia clínica indica que, sin importancia en la causa del deliro, alrededor del 70% de las personas que lo han padecido se recuperan por completo. Sin embargo, en el 30% que no lo hace, un episodio de delirio predice una espiral descendente que conduce a un deterioro cognitivo profundo, incluso a síntomas de demencia. Esto puede aumentar si la persona no recibe atención médica adecuada durante y después del episodio. Cuanto más tiempo está delirando una persona, mayor es su riesgo de deterioro cognitivo posterior.

Los científicos aún no están de acuerdo si el vínculo entre el delirio y la demencia es fuerte solo en aquellas personas que de todos modos habrían desarrollado demencia, o si el delirio aumenta el riesgo de deterioro cognitivo incluso en individuos que no están predispuestos a él. Tampoco pueden decir con precisión las características del delirio que podría provocar demencia. Si los investigadores pudieran identificar estas conexiones, entonces quizás podrían evitar que el delirio se convierta en demencia.

Como puedes ves, la cosa es que no entendemos los mecanismos del delirio, y por lo tanto tampoco existe un manejo exitoso del padecimiento desde un punto de vista farmacéutico. Esperemos que la ciencia pueda desarrollar pronto más conocimientos al respecto. 

Por ahora, los científicos tienen tres hipótesis importantes para explicar cómo el delirio puede provocar demencia. La primera es que la acumulación de toxinas en las células del cerebro que podría causar delirio a corto plazo y provocar daños a largo plazo. En condiciones normales, nuestro cuerpo elimina estas toxinas a través del torrente sanguíneo y en el líquido cefalorraquídeo. Estás toxinas pueden provenir del medio, de nuestra alimentación y de los residuos de enfermedades infecciosas.

La segunda hipótesis propone que la inflamación (que a menudo se observa en personas hospitalizadas por infecciones, dificultad respiratoria o enfermedad cardiovascular) es la precursora del delirio. Una cirugía mayor y las infecciones graves pueden provocar la acumulación de restos de células muertas en el cerebro, lo que provoca más inflamación. Esta reacción de nuestro cuerpo protege el cerebro porque conduce a eliminar los desechos dañinos y la inflamación finalmente desaparece. Pero, en ocasiones, la inflamación persiste y puede desencadenar un episodio agudo de delirio, provocando que las neuronas y las células asociadas, como los astrocitos y la microglía, se deterioren y se provoquen daños cognitivos.

La tercera hipótesis es, que cuando alguien padece demencia (incluso en las primeras etapas), y cursa una enfermedad infecciosa, cuenta con menos reservas para sobrellevar la inflamación que la acompaña, por lo que no sólo es más propensa a padecer un episodio de delirio sino a avanzar en la etapa de demencia.

Todos somos propensos a la demencia, y aunque afecta principalmente al adulto mayor, la demencia no constituye una consecuencia normal del envejecimiento. Se puede postergar e incluso evitar su padecimiento en etapas avanzadas con el cuidado del cuerpo y de la mente. Aunque también depende de nuestra genética, el deterioro biológico se impone sobre cualquier otro estatus socioeconómico.

Los daños provocados por un episodio agudo de delirio podrían persistir y desencadenar demencia, o un cerebro que experimenta delirio podría volverse más propenso a problemas vasculares en el futuro. En cualquier caso la Organización Mundial de la Salud reconoce la demencia senil como una prioridad de salud pública. Se ha observado que el acompañamiento por familiares y otros seres queridos puede reducir la incidencia del delirio en un 40%, pero eso es complicado ante COVID-19.

¿Debemos preocuparnos? Un poco, pero más que cualquier cosa tomar precauciones. Con base en la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica más reciente (ENADID, 2018), en el país residen 15.4 millones de personas de 60 años o más, de las cuales 1.7 millones viven solas, siete de cada diez (69.4%) de ellas presentan algún tipo de discapacidad o limitación. La mayoría de estas discapacidades son adquiridas y una proporción son cognitivas.

La relación entre el incremento de la edad y la discapacidad es evidente. La encuesta de INEGI encontró que la proporción de personas sin discapacidad o limitación se va reduciendo conforme avanza la edad: 41.1% de los adultos mayores de 60 a 69 años no tienen discapacidad para llevar una vida independiente, mientras que solo 14.3% de los que tienen 80 años o más reportan no tener dificultad para desarrollar sus actividades diarias.

En este mismo sentido, la población se encuentra envejeciendo como proceso intrínseco de la transición demográfica. Debido a la disminución de la natalidad y el progresivo aumento de la esperanza de vida, por lo que en menos de treinta años, la población de adultos mayores será equiparable a la población de infantes en nuestro país, con lo que tendremos una población cercana al 30 % con algún índice de dependencia. Si a esto le sumamos las consecuencias que tendrá la pandemia por COVID-19, notaremos que tenemos un reto de política pública sin precedentes para la atención de este grupo vulnerable.

Si lo piensas bien puede resultar un poco escalofriante, pero al fin de cuentas, cuando sabemos qué y cómo son los problemas que se avecinan, podemos empezar a tomar las medidas más oportunas. Sobre todo porque nuestro bienestar futuro depende principalmente de cómo cuidamos nuestro cuerpo, mente y finanzas ahora mismo. Por lo pronto quédate en casa, ponte el cubrebocas, revisa periódicamente tus habito y tu salud. Pronto la pandemia por COVID-19 será solo un recuerdo. 

Información con ciencia para Oliva Noticias Multimedios

Gladis Yañez y Rodrigo López de Sábados en la Ciencia 

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