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HONOR A QUIEN HONOR MERECE

El ComentarioAgosto 14, 2019
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Era domingo 11 de agosto, fiesta de Santa Clara de Asís y XIX Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en la liturgia latina. Ese día, en las misas, se escuchó en el evangelio “estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre” (cfr. Lc 12,40). 

Ese mismo día, a las 20:40 hrs., en una casa de la calle de Colón de la ciudad de Coatepec, en el estado de Veracruz, México, fallecía, a sus 87 años de edad y acompañado de sus familiares más cercanos, don Sergio Obeso Rivera, “el primer Cardenal veracruzano”, Arzobispo emérito de Xalapa, Pastor con olor a oveja y muy querido por la grey católica. Pronto la noticia se esparció por todas partes, primero en sus familiares y entre el clero de la Arquidiócesis de Xalapa para que, después de unos minutos, las personas por las redes sociales pregonaran lo acontecido.

Rápidamente hubo movimiento: primero, preparar los restos mortales de aquel que fue amado por muchos y que, con su muerte, muere parte de uno; después, alistar los requisitos necesarios para su sepultura. Y no era de desestimar la necesidad de orar por el eterno descanso de su alma con la fe puesta en la infinita misericordia de Dios, la cual predicó en vida el abnegado Pastor.

Lunes 12 de agosto, 2:30 hrs. Llegan a la Catedral Metropolitana de Xalapa -aquella que estuvo bajo su cuidado y gobierno once años atrás- el cortejo fúnebre con los restos mortales del tan querido Cardenal. Ya lo esperaban varios fieles quienes, pasando frío y sueño, pacientemente aguardaban la hora en que pudieran recibir como se lo merecía a aquel que recibieron años atrás en sus visitas pastorales.

Y es así que comenzaron los rezos, cánticos y misas por el eterno descanso de don Sergio. Sacerdotes venidos de varias partes de la ciudad llegaron primero a oficiar misa y, con el paso de las horas, otros más de los diferentes puntos geográficos de la Arquidiócesis. Laicos y religiosas que se esperaron al amanecer, con los rostros empapados de lágrimas y oraciones en los labios. Pronto se hacían las filas de gente, gente que sabía que allí estaba el cuerpo mortal de su amado Obispo, quien les inculcó el amor a Dios y a María Santísima, a la cual recurrían en el rosario para pedir su intercesión por uno de sus hijos amados que consagró su vida, desde los 23 años, al sacerdocio. “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mt 5,8).

Amanecer del lunes 12, los noticieros y periódicos locales ya estaban publicando tan triste noticia: “Murió el Cardenal Sergio Obeso Rivera” decían algunos titulares y encabezados. Los mensajes de consuelo y pésames trascurrieron durante el día. Publicaciones en redes sociales sobre la tristeza de su partida y algunas anécdotas se podían leer. Ya las autoridades eclesiásticas de la Arquidiócesis daban a conocer las actividades por los funerales del fallecido Arzobispo: los horarios de misas, sobre todo de la Misa exequial, fueron compartidos tan pronto se dieron a conocer. Mientras se podíaver que la Catedral se llenaba cada vez más: religiosas, laicos, sacerdotes y algunos personajes políticos pasaban a despedirse de Su Eminencia. Se veían tristes y con admirable fortaleza a sus familiares y sus más cercanos colaboradores: religiosas que lo atendieron, en especial a la que fue su secretaria en la Curia, con un nudo en la garganta y ya extrañándolo; ancianitas que trabajosamente se arrodillaban ante el ataúd para hacerle una oración, gente del campo con fe sencilla pero firme y con lágrimas en los ojos, religiosas con rosarios en mano, estudiantes y profesionistas. Unos ponían flores, otros las recogían y tallaban con ellas el féretro que iba a ser recibido en la tierra, seguros de que serían preciadas reliquias que tocaron los restos de quien muchos consideran un santo obispo.

No se había visto tanta gente fuera de las fiestas de San Rafael Guízar Valencia. El Gobierno del estado tuvo que dar instrucciones de cerrar temporalmente la calle de Revolución para salvaguardar la integridad de los visitantes a Catedral.

Llegó la noche del lunes. Ya se cumplieron veinticuatro horas de la muerte del amado Pastor que ahora yace en su ataúd en el suelo, tal y como él mismo lo pidió. Se podría recordar al verlo así a San Francisco de Asís que murió en el suelo, o a San Rafael Guízar, su antiguo antecesor y por quien trabajó arduamente para su canonización, que debido a su peso corporal tuvo que ser puesto en el suelo minutos después de su muerte. “Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra” (Mt 5,5).

Las eucaristías continuaron, unos fieles se iban, otros llegaban, pero los restos de don Sergio nunca estuvieron solos. Al entrar al recinto santo se escuchaban rezos, se sentía el recogimiento del momento y una sensación de paz llegaba a los sentidos. Y es que quien yacía sin vida allí supo ser agente de paz: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Se oficiada otra misa, esta vez presidida por el Obispo Auxiliar de Xalapa, quien un día antes de su muerte pudo orar con él y por él. Lo acompañan los sacerdotes y fieles del Decanato de Coatepec, aquél en el que perteneció los últimos años de su fructífera vida.

Martes 13 de agosto, fiesta de los santos Ponciano, Papa, y de Hipólito, Obispo. La fila de personas terminaba por ratos para que, minutos después, se reanudara. Se acerca la hora de la Misa de exequias y cada vez llegaba más y más gente. Pantallas gigantes en Plaza Lerdo ya eran colocadas por instrucciones del Gobierno estatal para que aquellos que no pudieran entrar a Catedral siguieran la celebración. Ya para entonces habían llegado varios sacerdotes y obispos de diferentes partes.

12:00 hrs. La hora acordada. La iglesia Catedral estaba abarrotada de gente. Se podía entrar trabajosamente. Se podía ver juntos a los ricos y pobres, campesinos y profesionistas, niños y ancianos, jóvenes y adultos, seminaristas, religiosas y laicos entre el gentío. No había distinción alguna, no había diferencias de status social o condición eclesiástica. Todos eran el pueblo de Dios, la Iglesia que estaba presente para orar y despedir finalmente en la Eucaristía a su amado Pastor: un Pastor que supo guiar a su pueblo, que lo santificó con los sacramentos y que lo instruyó con la doctrina cristiana emanada de sus elocuentes palabras fieles al Magisterio y la Tradición.

13 obispos, entre ellos un Cardenal, más el Arzobispo de esta amada iglesia local junto con los congregados, celebraron la Eucaristía Solemne. Casi se podía percibir que más de uno tuvo en su mente el recuerdo de aquél grito que se dio en un evento similar pero mayor en cantidad de gente hacía varios años: ¡Santo súbito!, ¡Santo ya!, vociferando en el funeral del ahora San Juan Pablo II, Papa.

La gente que llora y ora por el eterno descanso del alma de don Sergio participaba devotamente de la celebración eucarística. Al término de ella, las palabras de agradecimiento de una de sus sobrinas nietas para concluir con la sentida oración fúnebre de parte del padre Luis Acosta. “Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia” (Mt 5,7).

14:10 hrs. El féretro en los hombros de sus sacerdotes dirigiéndose al lugar donde reposará el cuerpo del Obispo amado en espera de la resurrección al final de los tiempos. Los gritos de vivas y los aplausos resonaban al unísono, y los cánticos retumbaban en este centenario templo que parecía una enorme caja de música, a la letra de: “Oh, Virgen Santa” era bajado el ataúd a su lugar donde yacerá, junto con los restos de los demás obispos que ha tenido esta iglesia particular, a un lado de la tumba de San Rafael Guízar.

La gente no se va. Los obispos y sacerdotes presentes son testigos de un momento histórico en la vida de esta Arquidiócesis; momento que regresa al pasado la memoria con la muerte de San Rafael Guízar Valencia, el Obispo misionero. Al final, la loza es colocada en su lugar, la tumba meticulosamente sellada y las flores, arrojadas por las personas, hacen su aparición en ese reducido espacio. Se ha terminado. Los obispos, sacerdotes y el servicio del altar se retiran. Algunos fieles se quedan para orar dentro y otros regresan a sus trabajos, a sus vidas, a sus hogares: con un recuerdo en la mente, con una lágrima enjugada y con la convicción de que cuentan ahora con un intercesor delante de Dios. Toca ahora a la Iglesia, como Madre y Maestra, el momento prudente y oportuno para comenzar aquello que ya se anhela y sospecha.

“Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá” (Lc 12,37).

Por: Justino Abdiel Rodríguez Conde

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